La del amanecer inesperado
No esperaba sucumbir al deseo de las letras, y de nuevo me mentí, pues te escribo en mi cabeza. ¿Dónde miras, que no a mí? ¿Qué, tus ojos (no tan negros), no se animan a decir? ¿Será piedad, será miedo? Como un tinto, así, rojizo, con tu rostro envuelto en brillo, con tus labios, un hechizo vino a nadar en mi río; no hubo magia, nada de eso, no hubo chispas ni estrellitas, no hubo rayos, no hubo fuego, pero es que esa sonrisita... Conté siete, y me faltaron las que nunca pude ver, y esos ojos me llamaron, ¿cómo no iba a caer? Sigo viendo más allá de la idea de la gente, escuchando tu cantar, tu mirar tan diferente; lo que escondes, tus secretos, tus escapes, sufrimientos, tus encantos, tus misterios... eres más que sus inventos. Te voy a mirar de lejos como quien mira y prepara un discurso de esos viejos o un poema, o una carta... Sale el sol, l...